Al respirar inhalamos los gases, vapores y partículas que
hay en el aire. Las partículas ultrafinas, con un diámetro igual o inferior a 0,1 µm, que pueden pasar del alveolo pulmonar a la sangre. En zonas urbanas la fuente principal
es el tráfico. Se generan sobretodo por la combustión en los motores, ya que los humos de los motores
diesel están formados en gran parte por partículas de hidrocarburos, debidas a
una combustión incompleta.También hay partículas de origen natural (aerosoles marinos, erosión,
intrusión de polvo africano) o por otras actividades humanas (obras públicas y
construcción, minería, fabricación de cerámicas o cemento...). La suspensión y resuspensión de las
partículas es más marcada en episodios de sequía.
Las partículas en suspensión presentes en el aire causan
efectos negativos sobre la salud. Esto se ha demostrado tanto con partículas finas como
con las gruesas. Afectan especialmente al aparato respiratorio y al sistema
cardiovascular. Las partículas
ultrafinas son capaces de causar más problemas que las partículas más grandes y
pueden comportar riesgo de morir por enfermedad isquémica del corazón o arritmia letal. Parece que los pulmones dejan pasar fácilmente estas
partículas del aire inspirado hasta la sangre y una vez en ella actúan sobre el
sistema nervioso autónomo provocando la liberación de moléculas
proinflamatorias del sistema inmune, que favorecen la coagulación de la sangre
y pueden causar trombosis, arteriosclerosis y otras enfermedades
cardiovasculares.
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